No quiero que me invites

No, no quiero. ¿Y sabes por qué? Porque parece que esté obligada. Es una tradición tan arraigada que muchas veces ni siquiera me planteo si está bien o mal. Que un chico te invite. ¿Qué problema hay con eso?

Bueno, si no quiero no quiero ¿no?. Déjame pagar a mí lo mío y tú pagas lo tuyo.

Lo cierto es que sé por qué esto es así. Es así porque antaño ninguna de nosotras trabajaba y si lo hacía, tampoco ganaba un dineral, mucho menos que ese señor que estará intentando invitarme. Había que dar ejemplo y mostrarse caballeroso. Una dama no puede casarse con alguien que no la pueda mantener, no sería un buen partido y posiblemente, ante la perspectiva de una vida infeliz, dicha dama se iría con otro hombre. Pero, tradiciones a parte y comentándolo como curiosidad más que como un razonamiento, no quiero que me invites y punto final. ¿Por qué te duele tanto? Es más, déjame que te invite yo a ti.

“Oh, eso si que no. Te verá el camarero pagar ¿y qué pensara de mí?.”
Sí. No es mentira. Me han dicho esto alguna vez. Y verdaderamente no sé ni qué debo pensar al respecto. ¿Puedo decirte una cosa? No vas a deberme nada, campeón. Te quería invitar por romper con la costumbre, porque me parecías un chico interesante y no sé, me lo estaba pasando bien.

Por otra parte, es bien cierto que el susodicho que menciona estas palabras no tiene por qué ser, necesariamente, el individuo objeto de una cita. Podría ser un amigo de toda la vida o incluso un primo cercano. Los hombres DEBEN invitarnos a tomar un café. O una cerveza y una coca cola que inequívocamente te será servida a ti, mujer, el alcohol es para tu acompañante aunque el camarero te acabe de tomar nota hace medio minuto, no se si me explico. O a cenar, en cuyo caso: “¿El señor quiere catar el vino?”. No, disculpe, creo que lo cataré yo.

Pero lo que es peor. Como él te ha invitado, ahora tú le DEBES algo a él. ¿En serio?. YO sé que NO te debo NADA. Pero TÚ estás esperando que YO no sea desagradecida y te lo pague de alguna manera. Y lo sabes.

Aún tengo otra anécdota graciosa respecto a este tema y se refiere a una noche de fiesta. Estaba con mis amigas en un bar (todo chicas, sí, si hubiese habido algún amigo no se nos habría acercado tanto público masculino) con música alta, por la noche, y por supuesto tuvo que venir el simpático de turno (nótese la ironía) a invitarme a un chupito. “No bebo chupitos” le dije, así que me puso una cerveza en la mano sin darme ni tiempo a decirle que se podía meter la invitación por el culo. Pero lo mejor de todo es que ese inútil ni siquiera me empezó a contar su vida y a preguntarme por la mía o a sacarme algún tipo de conversación original (el que sabe entrar con clase y respeto, sabe entrar con clase y respeto) ese inútil me miró (otra vez, de arriba a abajo) y me soltó “joder, eres una chica guapísima, pero estás muy delgada”. Eeeh… perdona, chaval, pero si tienes tantos problemas con mi cuerpo ¿Por qué tocas? ¿Por qué miras tanto? ¿Te piras?

No me estoy poniendo feminazi con detalles sin importancia que “no me hacen ningún mal”. Lo que me duele no es que me invites: Es que no respetes mi decisión porque “compromete tu hombría”. Porque en estos detalles sin importancia es donde más claramente veo todo el camino que nos queda por recorrer y como, aunque no lo parezca, el hombre aún se siente poseedor de la mujer. Muchas veces de forma inconsciente, sin intención y que afortunadamente se pueden hacer ver y corregir: no puedo negar que es mucha la gente que está poniendo de su parte y concienciándose cada vez más. Sin embargo, esto no es suficiente y la violencia machista sigue siendo algo real. Algo que ocurre todos los días, llevándose muchas víctimas cada año no solo a nivel de asesinatos, sino de recluimiento, aislamiento, anulación.

Con un ejemplo macabro diré que no entiendo cómo de un día para otro todos nos concienciamos de que los islamistas son malos malísimos porque se suicidan y matan gente, se extreman las precauciones, se tiene miedo, todos pensamos que podemos ser los siguientes. Y sin embargo, un peligro tan real como lo es la mala educación de todos nosotros continúa allí, haciendo sufrir a cientos de mujeres, saliendo en los medios de refilón. Nadie piensa que le pueda pasar a él, o a ella, es un problema lejano por el que tampoco merece la pena trabajar para hallar una solución. De hecho, por haber hay aún mucha gente creyendo que este problema no existe, o que es culpa de ellas y de lo que puedan haber hecho para llegar a esa situación.

Raquel Ara

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