A la sombra de la sierra

Nací y crecí allá por el Alto Aragón, a la sombra de la sierra de la Carrodilla, donde el llano y la montaña se encuentran.

Los niños crecíamos en aragonés despreocupadamente de lo que ello pudiera significar, te dabas cuenta de que no hablabas igual que la gente de la tele o de fuera. Era el idioma de tu pueblo, reías con él, aprendías lecciones con sus refranes, te reñían en él y jugabas con él.

Después aprendías que lo que hablabas se hablaba igual por toda la zona, que era baixo-ribagorzano y que incluso en otras zonas hablaban igual, aunque decían que era otra cosa.

Pero llegaba el día en el que te dabas cuenta de que había gente a la que le molestaba que hablases así, además tu sabías que pese a que era el idioma de tu pueblo era “de bastos”.

A mí me llegó ese día en primaria, donde los profesores hablaban castellano y había que hacer todo lo de clase en castellano. Pero fue mucho peor cuando bajé a Monzón al instituto.

En Monzón decías que hablabas aragonés y se reían porque hasta tú lo decías con miedo, tenías miedo a decir que lo hablabas y mucho más a hablarlo y te llevabas ese miedo a tu casa. Ante esta situación había dos opciones: o reafirmarse o dejar morir dentro de ti la lengua de tu pueblo, de tus padres, de tus amigos, y no utilizarla más. Entiendo perfectamente a la gente que ha optado por lo segundo, pues hasta yo he flaqueado en momentos, aunque decidí reafirmarme.

Un día de clase, una profesora, Ana, que venía de otro pueblo del Pirineo, nos trajo un texto en aragonés y me dijo que si quería leerlo delante de la clase. Yo nunca había leído nada en aragonés y mis manos y mi voz temblaban tanto que me puse muy rojo.

Tuve también dos profesoras de francés; gracias, Mª José y gracias, Begoña, que vivían en pueblos donde se hablaba aragonés y con las que en los cambios de clases hablábamos y era como volver a casa. Bien entrada ya la adolescencia pasé de ser un hablante a un acérrimo defensor. Me informé y aumentaba mi número de argumentos hasta el punto de ser un poco pesado con mis amigos.

Pero el mejor argumento que nunca sacaré será el que me dio una profesora el último año de instituto. Esta profesora dijo que decir “bai nino” era de paletos, entonces todos miraron al pupitre en la que yo estaba, le pregunté que qué había dicho, y ella lo repitió. Me sentí muy ofendido, amenacé con irme de clase. Me puse de pie y fui hacia la puerta, ella dijo que si lo hacía me pondría un cero en la nota. Quizás por presión de grupo, pero con lágrimas de rabia me fui. Al final la profesora no tomó medidas, es más, tras ella recapacitar vino a decirme que había sido valiente.

Después tuve la suerte de ir a la universidad a Zaragoza y allí descubrí que el aragonés lo ven como algo político. Dicen que hablar aragonés es cosa de nacionalistas y pastores. Cuando yo conozco pastores que no lo hablan y miembros del Opus Dei que lo hacen de manera más natural que muchos independentistas. No creo que sea un problema político, es un problema de orgullos, de miedos, de dar un paso adelante y saber que lo que hablas no es porque en tu pueblo seáis unos paletos sino que se trata de una lengua uniforme que ha sido denostada, reducida y humillada y que sólo pides el derecho a no perder algo que está tan dentro de ti como el amor con el que tu madre te lo enseñó.

Chuan Garcés

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